El evangelio

El Evangelio es, literalmente, "la buena noticia"-o, como se decía antiguamente "la Buena Nueva".

Una buena noticia, sin embargo, ¿de qué? ¿De qué situación estamos hablando, o de qué contexto? Observa que la ponamos en mayúscula, por tanto, no es una buena noticia sobre algo particular, sino que se refiere a la "definitiva".

El contexto al que se refiere es el nuestro: No es difícil darnos cuenta de nuestra situación actual. Basta con mirar a nuestro alrededor: guerras -algunas de ellas, fratricidas: supuestamente étnicas, religiosas, civiles, sociales- como la primavera árabe... -, terrorismo, abusos de poder, tortura, crisis, desigualdad, pobreza, esclavitud... vemos el mal en todas partes. Pero es que nuestro ambiente, nuestra sociedad, tampoco se escapa: violencia de sexo, corrupción política y empresarial, desahucios a costa de suicidios, tráfico de drogas, robos (de cobre, de móviles, a comercios, a domicilios con violencia extrema), especulación con bienes de primera necesidad (vivienda, salud, educación)... no se trata de pintar un presente apocalíptico, pero no podemos cerrar los ojos a nuestra realidad.

Todo esto nos afecta de manera directa, sí, pero nos parece un poco lejano, no nos sentimos involucrados. Lo peor es cuando nos miramos a nosotros mismos. Si somos honestos, ¿quien no ha mentido, quien no ha defraudado, quien no ha cometido "errores" a conciencia? Claro, la mayoría podemos alegar: "Yo no he matado a nadie, no he defraudado (ni siquiera a Hacienda!), No he cometido estafas... No, de acuerdo. Pero quizás hemos defraudado a un amigo, no hemos estado a la altura de las circunstancias en el trabajo, con los familiares o amigos... no hemos mentido nunca, a nadie? Quizá hemos fallado a alguien: que le hayamos hecho mal, que le hayamos estropeado el día, o hayamos " pasado" de él ("delito " por omisión). Contemplar el mal actuando en el mundo nos estremece. Pero, darnos cuenta de cómo el mal actúa en nosotros mismos, darnos cuenta de que no estamos exentos... eso sí es doloroso, y lo peor de todo: no podemos evitarlo!

Ahora bien, ante esta inevitabilidad del mal, podemos adoptar posturas diferentes:

- ¡Bueno! Es lo que hay.

- Todo depende de la moral de cada uno.

- Si a mí me está bien... que cada uno haga lo que le parezca mejor, siempre que no afecte a los demás.

- No señor! Esto debe cambiar.

Psicológicamente, las tres primeras están bien. Se trata de evitar el problema, no de resolverlo. La cuestión seguirá ahí, pero ya no nos la planteamos. Ahora bien, si -como decíamos- somos honestos, eso no resuelve nada. Si buscamos una solución, tenemos que reaccionar frente a la situación actual y encontrar la salida.

Y la cuestión principal: ¿Hay salida? ¿Hay remedio?

Es fácil creer en el Mal: lo vemos en todo momento. Parece como si él mismo se hiciera propaganda. Pero el Bien... ya es diferente; cuesta más de verlo. De vez en cuando oímos alguna noticia positiva, alguna acción heroica, algún descubrimiento beneficioso... Podemos creer en el Bien. Pero, ¿y hacerlo? ¿Cómo podemos hacer siempre el bien, si estamos tocados por Mal? Por lo que depende de nosotros, solos no somos capaces.

El Bien "absoluto" no puede ser ético ni personal, porque, en tal caso, sería "relativo". Este Bien debe ser justo, equitativo y respetuoso: no podemos pretender hacer el Bien cometiendo una injusticia, tenemos que hacer el Bien sin perjudicar nada ni a nadie; tampoco podemos imponer a nadie: hay que respetar la libertad del individuo, y debe poder perdonar y reconciliar a fin de evitar futuros conflictos. En definitiva, el Bien debe ser justo, amistoso y respetuoso.

Ahora bien, la sola idea de un Bien absoluto nos incapacita para hacerlo. Antes debemos echar el Mal que llevamos dentro. Sin embargo, ¿es esto posible? Nosotros no podemos, como no podemos hacer siempre el Bien, o el Bien absoluto -como decíamos antes. ¿Por qué? Porque si el Bien no puede convivir con el Mal y nosotros llevamos el mal dentro de nosotros, no podemos tener el Bien con nosotros. Somos culpables de "cosas malas", como hemos visto antes. Y si somos culpables y el Bien es justo, habrá pagar un precio, "una multa". Eso sí, una vez pagada, ¡quedaríamos libres del Mal!

Ante un Bien absoluto y un Mal absoluto, la pena a pagar será también " absoluta ": la única manera de librarnos del Mal será con la muerte. Pero quizás esta muerte podría ser entendida de forma conceptual: dejar de ser como somos y cambiar nuestra manera de ver y hacer las cosas, cambiar nuestra mentalidad y actitud.

Nosotros creemos que este Bien absoluto es personal, es decir, no es una fuerza, no es un concepto, sino que está vivo y tiene voluntad e inteligencia. Y creemos que este Bien que juzga, que ama y que respeta nos juzgará culpables, pero en su amor pagará él la pena y ofrecerá la libertad a todo el que la quiera.

Una vez expulsado el Mal, ya podremos acoger el Bien en nosotros. Entonces será posible: podremos hacer un bien superior al bien relativo o parcial.

Además, creemos que si el Bien nos "adopta", lo hace para siempre: el Bien, no sólo es eterno, sino que nosotros también tenemos una parte de eternidad, más allá de la muerte. Y si el Bien nos libera en esta vida, esta libertad nos servirá, incluso, después de la muerte: será lo que podríamos decir, la vida junto con el Bien y sin el Mal.

Nosotros creemos que la desobediencia del hombre al Bien -Dios- rompió la convivencia y expulsó el Bien de la vida de los hombres. La mala actuación del hombre lo separa, pues, del Bien, que es el origen de la vida, y lo condena a la muerte; una muerte espiritual, pero también física al estar desconectado de la Vida. Esta pena, la paga Jesucristo -el Hijo de Dios- al morir en la cruz, reconciliando al hombre con Dios y devolviéndole la libertad de aceptar este regalo de Jesucristo. Evidentemente, Dios respeta nuestras decisiones y no nos obliga a aceptar esta libertad y reconciliación ni a hacer uso de ella. Dios no obliga a nadie a ser feliz!

Cuando aceptamos el regalo de la muerte de Jesús en la cruz, el Bien viene a vivir dentro de nosotros en lo que llamamos el Espíritu Santo. Aquí es donde radica el cambio: expulsamos el Mal para que entre a vivir el Bien en nosotros.

Así, vemos como Dios interviene en la Historia, y como sigue interviniendo. Pero, si algo le impide actuar con más fuerza, es el respeto al libre albedrío del hombre, como raza y como individuos; Dios se autolimita para garantizar esta libertad. Por eso vemos esta tensión constante entre el Bien y el Mal: entre el amor de Dios y el sufrimiento humano ; entre la solidaridad y las desigualdades ; entre la justicia y la corrupción, etc. Por tanto, Dios sigue actuando hoy en día. Hay esperanza de que las cosas cambien si nosotros cambiamos, si dejamos de mirarnos el ombligo y nos preocupamos por los demás y por lo que nos rodea, tanto a nivel humano como de contexto: cambio climático, contaminación, deforestación, migraciones por causa de la pobreza...

Pero la acción de Dios en la Historia no la conoceríamos si, además de ser un Dios trascendente, no fuera también comunicativo: Dios interviene en la Historia y, después, se explica para que entendamos lo que hace. Esto es lo que es la Biblia: Dios explicandose a los hombres. La Biblia es el relato de una multitud de hombres -incluso pueblos- que explican su experiencia del Bien y su relación con él. Dios, a través de estos hombres (no dictando los mismos lo que tienen que decir, sino actuando en ellos durante su vida), habla a todos los hombres de lo que hay que hacer, de cómo podemos restablecer la "normalidad" en nuestras vidas.

Por ello, nuestro último referente en cuestiones, no sólo de fe, sino de comportamiento, compromiso, elección, en fin, toda nuestra vida, es la Biblia.

Aquí tienes algunas citas bíblicas que te pueden aclarar:

Sobre la bondad de Dios

Sobre la relación rota con Dios

Sobre el acto de sustitución en la cruz

Sobre la reconciliación

Sobre el amor de Dios

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